Hace unos días me crucé con mi vecino en las escaleras del inmueble. Yo bajaba a comprar el pan; él subía con una barra en el brazo, con la corteza superior mordisqueada. Es un hombre de mediana edad, de cabellos secos, dientes amarillos y una mirada dulce pero apagada. Ya hace dos años que se mudó con su esposa y sus dos hijos al cuarto piso.

La conversación empezó con una puesta al día de nuestras situaciones vitales, pero enseguida me invitó a escurrirme en la profundidad de sus problemas. Me sorprendió que quisiese compartir su intimidad conmigo, ya que se trataba del vecino más taciturno y esquivo del inmueble. Muy pocos habían intercambiado más de cinco palabras con él y yo no era uno de ellos. Tal vez por esto no opuse resistencia: sus asuntos me despertaron una curiosidad sincera.

Me habló sobre los retos emocionales de su vida conyugal y de lo duro que era levantarse cada día sin ganas de preparar el desayuno a sus pequeños. Se lamentaba de no tener suficiente tiempo para limar las asperezas que se habían formado tras años de miedo, culpa y silencio dañino hacia su compañera, o de perder la paciencia con el mayor de sus hijos cada tarde que tocaba hacer la tarea de matemáticas. Me limité a escuchar y preguntar. Son cuestiones a las que tendré que enfrentarme yo también algún día y que, de alguna manera, ya he intuido.

Me agradó la confianza que se generó en ese breve e improbable confesionario en pijama, en medio del vaivén discontinuo de vecinos. No me extrañó tanto el hecho de que todos fueran vestidos igual —como si fuesen a fumigar las casas—, como el hecho de que nos saludaban sin mirarnos a los ojos.

Cada uno tendrá sus motivos, pensé. Uno nunca sabe cómo amanece su propio vecino, por eso es importante no dejar de saludar.

Intercambiamos una mirada de complicidad y supimos que estábamos pensando lo mismo.

A pesar de ser unos cuantos y de no saludarnos, la gente no interrumpía nuestro hilo de conversación. Solo teníamos que pegarnos bien para dejarlos pasar; él a la pared, yo al pasamanos. Pero cada vez subían y bajaban más cuerpos y pronto ya no pude oír lo que me decía. Mi vecino elevó la voz, después la cabeza y luego los brazos, agitándolos con desesperación. La mitad de la barra de pan que llevaba consigo salió despedida por el aire y de él solo me llegaban migajas de sus ojos humedecidos.

Y entonces, un grito químico que jamás había oído. Mi vecino soltó un aullido afónico con el que se impuso al ruido mecánico del gentío. Todos pararon en seco. Se giraron hacia nosotros y sentí cómo se clavaban en mi pecho decenas de miradas de asco profundo. Jamás me había sentido tan despreciado. Busqué refugio en los ojos mojados de mi vecino, porque yo también tenía ganas de llorar, pero su semblante había cambiado por completo. Su ansiedad se había esfumado y, en su lugar, quedó una mirada seca, tranquila, casi condescendiente. Como si llevase toda la vida recibiendo ese tipo de trato.

Me dieron ganas de abrazarlo, aunque no sabía si era más por mí que por él. Imposible. La corriente de vecinos se hizo marea, y a duras penas podía verle la cara. Esquivaba las cabezas apresuradas que desfilaban entre nosotros, pero era inútil. Lo único que me llegaba de él eran sus gemidos, cada vez más tenues aunque también más comprensibles. Como susurros en alguna lengua eslava.

Desesperado, pedí a los vecinos que por favor me dejasen reunirme con lo que quedaba de él.

«¿Acaso has olvidado por qué estás aquí?», contestó alguien, pero la voz se difuminó en el aire antes de que pudiese ver de quién salió. «Ya queda poco, lo estás haciendo muy bien», dijo otra, que parecía aún más apresurada.

La marea de vecinos me empujó hasta la entrada del inmueble. En ese momento, alcancé a ver una bola peluda escurrirse en un hueco ahumado del primer escalón. Reconocí a mi vecino, porque aún sostenía un trocito de la barra de pan, ya casi inexistente, enrollado en una cola seca que le había salido del trasero.

La multitud encapuchada irrumpió en un fuerte aplauso.

Tardé unos minutos en darme cuenta de que estaba siendo ovacionado. Sin darme tiempo a decir nada, siguieron empujándome con la misma fuerza de antes, pero esta vez dándome palmaditas en la espalda. Pronto aparecí en la calle. Me encontré con tres guardias vestidos de blanco y con máscaras metálicas que parecían haber estado esperando largo rato. Me felicitaron por mi trabajo y entraron al edificio frotándose las manos.

«Ahora nos toca a nosotros».

Y entonces recordé. Les asentí sin decir nada y caminé hacia la panadería, como si aquel hueco en el primer escalón nunca hubiese estado ahí.